El soldado que lo tenía bajo la mira de su arma no lo remató. Vio que el guerrillero era un niño no mayor de catorce años, flaco y harapiento. Los ronderos exigen que se mate al terrorista. El teniente resiste la presión, lo lleva al cuartel y lo gana para las fuerzas del orden. El muchacho aprende a leer y se hace soldado. Ahora lucha contra sus ex compañeros de Sendero Luminoso. Más tarde dejará el Ejército para intentar la vida clerical. Cipriani, entonces arzobispo de Ayacucho, lo rechaza porque el joven no era virgen. Los franciscanos, en cambio, lo aceptan, inculcan en él el valor concreto de la solidaridad y despiertan su interés intelectual, lo suficiente para que encuentre su verdadera vocación. Inicia entonces estudios de antropología, llega becado a México y escribe Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012), apasionante autobiografía de Lurgio Gavilán Sánchez y estudio vivencial sobre antropología de la violencia en Perú durante los años ochenta e inicios de los noventa.
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28 abril 2013
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