20 noviembre 2021

El diablo manda. La vida de sir Richard Burton

Me enteré de su existencia a través de Jorge Luis Borges (Historia de la eternidad, 1936):

"En Trieste, en 1872, en un palacio con estatuas húmedas y obras de salubridad deficientes, un caballero con la cara historiada por una cicatriz africana —el capitán Richard Francis Burton, cónsul inglés— emprendió una famosa traducción del Quitab alif laila ua laila, libro que también los rumies llaman de las 1001 Noches."

Me remito a la sinopsis contenida en el libro Fawn M. Brodie:

"Sir Richard Francis Burton podía pasar por auténtico hombre renacentista: soldado, explorador, etnólogo, arqueólogo, poeta, traductor y uno de los primeros lingüistas de su tiempo. Como aficionado destacó en el campo de la física, la botánica y la geología, además de ser un soberbio espadachín y extraordinario narrador. Con riesgo de su vida visitó la Meca y Medina, ciudades sagradas del Islam, fue el primer europeo que exploró la ciudad prohibida de Harar, en Somalia, y buscó las Fuentes del Nilo Blanco, descubriendo el Lago Tanganika. Pero lo que realmente apasionaba a Burton no eran los hallazgos geográficos, sino el insondable fondo del género humano. Su increíble erudición sobre las costumbres sexuales de África y Oriente -condenadas por el puritanismo de su época- finalmente encontraron su máxima expresión en las notas y comentarios de su célebre traducción de Las mil y una noches. Para esta extraordinario biografía de uno de los más desconcertantes héroes de todos los tiempos, Fawn M. Brodie se ha basado directamente en fuentes originales y en una colección de cartas y documentos hasta ahora inéditos".

Pero lo que la autora logra captar mejor es a un ser atrapado dentro de sí mismo y su sociedad, pugnando por salir de ella, a veces de manera fiera, como pantera enjaulada, dispuesta a devorar el mundo, incluso si ello lo conduce a perecer, tanto física como socialmente.

Con pulso preciso, logra construir una figura intimidante, como si encarnara la maldad, pero que, muy lejos de ello, es alguien moralmente firme, e incluso tierno con sus compañeros cuando se trata de sacrificios en medio de  las adversidades de sus expediciones (y siempre justo con sus colaboradores).

Las anécdotas que precedían a Burton solo podían generar respeto (como el que le mostraron Mitre y Sarmiento) o suspicacia:

Mientras Isabel consideraba que su vida era “salvaje, romántica y solemne", el valí turco tan sólo veía espionaje e intriga. La noticia de que Burton había despedido a todos los hombres a su servicio que aceptaban sobornos tan sólo sirvió para inquietarle aún más. (Cap. 22)

Europa, África, Asia y América del Sur (incluso estuvo en Lima) lo conocieron. Dicen que pre-figura a Lawrence de Arabia (ya siendo deseos de leer esta biografía) y es imposible no asociarlo a Hemingway y sus arranques etílicos. 

Su esposa lo adoraba y ese sentimiento la llevó a incinerar piadosamente sus diarios y escritos inéditos. Incluso en vida de Burton logró incluir algún prefacio para marcar distancia del anti-clericalismo de su esposo, para diversión de los críticos.

¿Habrá alguna película sobre la vida de este aventurero que, en palabra de Borges, soñó en diecisiete idiomas y dominó treinta y cinco (semitas, dravidios, indoeuropeos, etiópicos)?

No se cómo, pero Burton terminó incluido en una línea de mi tesis de Maestría de Derecho.

Era un joven arrastrado por un ímpetu que pudo desbocar a cualquiera y que terminó generando admiración.

Nota 1: Me entero que Fawn M. Brodie también escribió la biografía de Thomas Jefferson. ¡Cómo me gustaría leerla!

Nota 2: Para quien esté interesado, recomiendo como introducción la amena "Sir Richard Burton, peregrino y sexólogo" de Juan Goytisolo, en Crónicas sarracinas (editorial Ruedo Ibérico).

Brodie, Fawn M. El diablo manda. La vida de sir Richard Burton. España, Ediciones Almed, 2015, pp. 490. (terminado de leer en noviembre 2021).

06 noviembre 2021

La montaña mágica

Debió ser en el verano de 1984 cuando la lectura consecutiva de tres novelas me arrastraron para siempre al torbellino apasionado de la literatura. Tenía dieciocho años. Hasta ese entonces la Historia ocupaba su lugar. Antes había leído algo de ficción, muy poco y nada relevante. Recuerdo El don ha muerto y el resumen de El padrino. Más serio, me había atrapado A sangre fría (cuando no sabía quién era Truman Capote ni qué era la literatura no ficción), derrotado El hombre de la esquina rosada (que solo disfruté quince o veinte años después) y arrobado por un un cuento de Bryce Echenique.

Una de las tres novelas que compusieron el cocktail de aquel verano, 1984, fue precisamente La montaña mágica. Seguramente la leí en la traducción de Mario Verdaguer y que ahora me he dispuesto a re-leer en la traducción de Isabel García Adánez.

"Tal vez también yo debería razonar un poco más y no aceptar las cosas tal como se presentan; [Settembrini] tiene toda la razón. Aunque a veces se empieza juzgando, censurando e indignándose y luego pasa algo que no tiene nada que ver con el juicio racional y adiós a la rectitud moral, adiós a la república y al bello estilo, que de pronto se antojan cosas sin interés". (p. 224)

Las descripciones de Mann se dibujan fácilmente en nuestra imaginación:

“Al llegar ahí, Settembrini guardó silencio. Con esta tesis cerraba su discurso de un modo rotundo. Era un asunto muy serio para él; no lo había expuesto sólo para distraer a Hans Castorp y no había querido darle opción a replicar, sino que, al terminar su argumentación, había hecho la inflexión de la voz propia del punto final. Permaneció sentado, con la boca cerrada y las manos entrelazadas en el regazo, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada fija en el pie que quedaba en el aire y que se balanceaba muy ligeramente.

Hans Castorp, pues, también guardó silencio. Apoyado en su almohada, volvió la cabeza hacia la pared y empezó a tamborilear con los dedos sobre el edredón. Tenía la impresión de que acababan de echarle un sermón, de llamarle al orden, incluso de reñirle; y su mutismo encerraba buena parte de obstinación infantil. El silencio duró bastante tiempo.

 Por fin, Settembrini alzó la cabeza y dijo, sonriendo:

 —¿No se acuerda, ingeniero, de que ya una vez entablamos una discusión semejante, por no decir la misma? Estábamos charlando […]”. (p. 256)

Otro ejemplo, también con Settembrini, lo apreciamos en la página 486.

A partir de la mitad del libro; esto es, capítulo VI -Un nuevo personaje-, aparece Naphta.

Precisamente, Naphta nos dice que "Es verdadero lo que es beneficioso para el hombre" (capítulo VI, sub Del reino de Dios y de la salvación, p. 510) y desarrolla la idea principal del utilitarismo.

En relación al comunismo, Naptha dice que "El proletariado ha hecho suya la doctrina de San Gregorio Magno, en él se ha renovado su fervor religioso y, como también dijera el santo, no podrá apartar sus manos de la sangre. Su misión es instituir el terror en aras del bien del mundo y de alcanzar la salvación última: la vida en Dios sin Estado ni clases sociales" (p. 517).

Imposible no pensar en La muerte en Venecia (1912) cuando Wehsal pregunta: "«¿Qué opinan los señores de una declaración de amor sin ninguna esperanza?»" (capítulo VI, sub Asalto rechazado, p. 548) y luego lo desarrolla.

Mann se extiende en muchos temas, unos más interesantes que otros. Uno de los más favorecidos es la francmasonería (capítulo VI, sub Como un soldado y como un valiente). Inicia en p. 657 en la conversación con Hans Castorp con Naphta, que en la p. 664 continúa con Settembrini. Estas conversaciones por separado con los mentores se reanudan a partir del regreso del primo Joachim (p. 670).

"Procure recordar que la tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal" (p. 667), dice Settembrini.


Algunas obras:

1912    La muerte en Venecia
1924    La montaña mágica

Mann, Thomas. La montaña mágica. Buenos Aires, Edhasa, 2005 (primera edición, traducido por Isabel García Adánez), 936 p.

03 octubre 2021

Crónica de un drama familiar

Alexander Herzen, hombre de principios, nos relata el doloroso momento en que su matrimonio se desmorona por el adulterio de ella con un poeta alemán que él había cobijado. Cuando, después de atravesar la etapa recriminatoria, empieza a recuperar la relación conyugal, una tragedia se lleva a su madre y a su hijo. El golpe anímico es tan fuerte que incide en la salud de su esposa, quien fallece al cabo de un tiempo.

"No, no de la reconciliación; ese término no es apropiado. Las palabras son como las prendas fabricadas en serie: le sientan bien «hasta cierto punto» a todas las personas de la misma talla y le cada mal a cada una de ellas" (p. 114)

Escrito desde las entrañas, este capítulo fue incorporado después de su muerte a la autobiografía titulada Pasado y pensamiento.

Lo que sucedió posterior a este episodio absolutamente personal nos los relató E.H. Carr en Los exiliados románticos, obra biográfica de la intelligentsia rusa (revolucionarios esparcidos por Europa), en el que la Historia se mezcla hábilmente con la anécdota, la cual, si cuento aquí, sería como un chisme.

Todo ello, más los trabajos de Isaiah Berlin, darían pie a Tom Stoppard a levantar La costa de la utopía, trilogía dramática en el que las ideas y el humor se mezclan y nos revelan una época de Europa.

Herzen, Alexander. Crónica de un drama familiar. Barcelona, Alba Editorial, pp. 181.

28 agosto 2021

Abimael. El sendero del terror

 ¿Cómo es posible que, cuando leo «Chuschi», yo no lo relacione con el pueblito ubicado a 112 Km. de Huamanga, departamento de Ayacucho, donde Sendero Luminoso inició sus acciones armadas el 17 de mayo de 1980, un día antes de las elecciones que restituyeron la democracia en Perú, prendiendo fuego a veinticuatro ánforas, padrones y cédulas de votación?

No basta saber que aquello sucedió, sino que sucedió en Chuschi, un lugar que al 2017, y seguramente también al 2021, se mantiene desconectado del país como lo estuviere en aquella fecha.

Me entero del nombre del pueblito al final del libro y, en las pocas páginas que faltan para terminarlo, se relata la crudeza del primer asesinato senderista. Fue contra Benigno Medina del Carpio. Su hijo, apenas un niño, logró escapar, no sin antes, trepado en un árbol, oír los gritos dolorosos de su padre. La cobardía de la que injustamente se acusaría así mismo lo persiguió hasta hundirlo en el alcoholismo. Lo superó y recayó más de una vez, hasta su temprana muerte.

Pero ese horror solo se siente al final del libro. Hasta ese punto, el autor se enfrenta al problema que tienen los biógrafos: cómo hacer para no transmitir simpatía por seres abominables al relatar el período anterior a sus actos nefastos. Jara se cuida, a través de adjetivos, de dejar en claro la insania de Abimael Guzmán Reinoso.

Empero, mientras tanto, nos relata su vida. Manuel Rubén Abimael nació hijo natural, con todo el estigma de la bastardía. Pronto su joven madre tiene que deshacerse de él para mantener su nueva relación. El niño es encargado a familiares y pasa de casa en casa y de provincia a provincia. De Chimbote (el último lugar donde vio a su madre) llega al Callao para continuar sus estudios escolares a cambio de ser el mandadero de la familia. Tenía diez años de edad (p.31). El niño aseaba la casa, hacía los recados y partía al colegio. Era muy inteligente para los estudios. Por sombría coincidencia, estuvo inscrito en el Colegio Nacional Dos de Mayo una década antes que Víctor Polay Campos, líder terrorista del MRTA, ocupara las mismas carpetas.

Ya adolescente, es admitido en la próspera casa de su padre. Pero no será él, sino su madrastra la que lo hará sentir como un hijo querido.

A la par, el autor nos cuenta la historia de un país profundo y olvidado por la justicia, en extrema pobreza.

Créanme que endilgar adjetivos de horror y demencia no son suficiente para teñir así al personaje principal. ¿Cómo se puede sentir antipatía por Oliver Twist? Sin esas últimas páginas uno corre el riesgo de entrar en confusión. Hasta que el talento de Jara no nos regale el segundo volumen (en la que relate la sangrienta historia de 1980 en adelante), no estoy seguro de recomendar este libro a jóvenes nacidos después de 1990.

La obra también nos habla de la enigmática Augusta La Torre Carrasco. Sin la camarada Norah, joven, bella y fanática, Sendero Luminoso jamás hubiera sido una organización terrorista. Ella lo hizo operativo.

En 1974 la pareja vivió en Jesús María, Residencial San Felipe (p.149).

Por supuesto, también era necesario un capítulo para Mao Tse Tung. La repulsión que genera el líder chino es inmediata. En cambio, como ya dije, habrá que esperar hasta el final del libro para recién sentir lo mismo por el camarada Gonzalo.

Leído en agosto 2021.

Jara, Umberto. Abimael. El sendero del terror. Lima, Editorial Planeta S.A., 2017.

22 agosto 2021

El olvido que seremos

La mayor de las veces, las novelas sobre padres e hijos están marcadas por el distanciamiento emocional. Héctor Abad Faciolince consiguió la proeza de traducir a literatura el amor y la admiración sin ceder un ápice al sentimentalismo.

Pero no solo es la historia de la relación con su padre. También nos presenta a su madre (p.88-89) y sus hermanas. La historia de su familia se ubica en la convulsa Colombia de los años 70 y 80; específicamente en Medellín (¿es que acaso todo el último tercio del siglo XX sucedió en Antioquía?)

Ahí vemos al médico Héctor Abad Gómez, especialista en salud pública, catedrático de la Universidad de Antioquía. Para los conservadores era un radical y para la Izquierda extrema era demasiado tibio:  

"[...] cuando él más que nunca predicaba la tolerancia de todas las ideas, y el mesoísmo en filosofía (una palabra que él había inventado para defender el justo medio, el antidogmatismo y la negociación) repetía mucho la siguiente frase, quizá citando a alguien que no recuerdo: «Aquéllos a quienes los güelfos acusan de gibelinos, y los gibelinos acusan de güelfos, esos tienen la razón»." (p. 95).

Pero inclusive este hombre "«cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política»" (p. 176) sucumbió al halago y permitió ser utilizado por impresentable partidarios del régimen de Corea del Norte (p.221).

La escena en que recoge de la morgue la ropa de su padre y cae del saco una de las balas, le revela que las autoridades no tenían mucho interés en averiguar lo ocurrido (p.225), pero, también, le muestra el poema de Borges que da título a la novela.

Esta es una de esas novelas que uno ansía ver en pantalla. Aun así, no es un libro fácil de convertir en imágenes y, tal vez, la película no está a la altura. En todo caso, ha sido un acierto que Javier Cámara encarne al padre. Uno tiene la sensación que ningún otro actor podría hacerlo ... tal vez por la calvicie.

Leído en diciembre 2020.

Abad Faciolince, Héctor. El olvido que seremos. Bogotá, Planeta S.A., 2006

07 agosto 2021

Las guerrillas de 1965: balance y perspectiva

Su nombramiento como ministro de Relaciones Exteriores, bajo el régimen asumido por el presidente Pedro Castillo Terrones, me dio para leer esta obra.

En el Prólogo p.11 se menciona al teniente Vallejo y los colegiales provistos de viejos fusiles de instrucción con los que se alzaron en Jauja. Esta historia le servirá a Mario Vargas Llosa como base (solo como base) de Historia de Mayta.

Capítulo I: Guerrillas en germen, Ideas en germen

En p.22, empieza el programa guerrillero MIR.

En. 23, el proceso de propiedad feudal – privada – cooperativa, que la experiencia cubana abrevió.

En p.25, acápite «¿Guerrilla, calco y copia?» compara la experiencia cubana y la guerrilla de 1965.

En p.27 compara las diferencias entre clase media y campesinado.

En p.28, “Partiendo de una concepción liberal democrática”, detalla la líneas ascendente de la Revolución cubana, desde las revueltas callejeras en La Habana, pasando por acciones armadas (asalto al cuartel Moncada), hasta la guerrilla de Sierra Maestra. Este proceso significó el involucramiento de la población, simpatizando con los revolucionarios. Ya tomado el poder, desde asumir las ideas socialistas hasta la oficialización del marxismo leninismo, “en un diálogo constante con el pueblo”. No sucedió lo mismo en Perú (p.29).

En p.30, “En suma, no estuvimos equivocados al tratar de iniciar la revolución en nuestro país, ni tampoco cuando empezamos a balbucear algunas heterodoxias, pero fallamos cuando nos calamos más hondo en las experiencias revolucionarias de otros países, particularmente, la cubana, y sobre todo [asumo que falta una frase como «cuando no calamos»] en la experiencia acumulada por el pueblo de nuestro propio país”.

En p.31, la guerrilla confrontó al partido comunista. Su fracaso no se debió a que éste le negara apoyo.

Capítulo II: LA OPCIÓN, HOY

Referida al proceso revolucionario 1968 – 1974 llevada por las Fuerzas Armadas.

En p.46, acápite «Revolución o fascismo» hace un breve recuento histórico. “Ciertamente, el fascismo es el producto de ciertos capitalismos agónicos, aterrorizados ante la inminencia de la revolución social […]”.

Capítulo IV: EL MARCO SOCIAL

Es uno de los capítulos más interesantes. Rancas (p.70), Hugo Blanco (p.70)

Capítulo V: LAS CAUSAS POLÍTICAS

En p.83, acápite «La “Nueva Izquierda”»: del APRA, el MIR y VR; del PC, FIR, ELN y otros de tendencia maoísta.

En p.87, la “nueva izquierda” carece de un planteamiento ideológico coherente. División de la izquierda. “[Eudocio] Ravines es posiblemente el traidor más inescrupuloso de América Latina […]”, “[…] modelo degenerado de estalinismo que Ravines implantó en el Perú”. “[…] esta nueva izquierda tenía, hay que decirlo, mucho de viejo”.

En p.88, acápite «La izquierda y la sindicalización campesina»: Hugo Blanco.

Leído el 07 de agosto 2021.

Béjar, Héctor. Las guerrillas de 1965: balance y perspectiva. Lima, PEISA, 1973.

17 julio 2021

Karl Marx: su vida y su entorno

Capítulo 5: Materialismo histórico

"Tales ideologías —nacionales, religiosas, económicas, etc.— constituyen formas de autoengaño colectivo; las víctimas de la clase gobernante —los proletarios y los campesinos— se las asimilan como parte de su educación normal, de la visión general de la sociedad antinatural, y así llegan a considerarlas y aceptarlas como elementos objetivos, justos, necesarios, del orden natural que explican las pseudociencias creadas con ese fin."

"Por puros que sean sus motivos, los mutualistas, los «verdaderos socialistas», los anarquistas místicos, son por lo tanto enemigos más peligrosos del proletariado que la burguesía, pues ésta es por lo menos un enemigo declarado, de cuyas palabras y hechos los trabajadores pueden aprender a desconfiar. Pero aquellos otros que proclaman su solidaridad con los trabajadores y suponen que siempre existen intereses universales de la humanidad como tales, comunes a todos los hombres —que los hombres tienen intereses independientes de su afiliación a determinada clase, o que trascienden a ésta—, diseminan el error y la oscuridad en el mismo campo proletario, y así lo debilitan para la próxima lucha."

"La liberación gradual de la humanidad ha seguido una dirección definida, irreversible: toda nueva época se inaugura con la liberación de una clase hasta entonces oprimida, y ninguna clase, una vez destruida, puede retornar. La historia no se desplaza hacia atrás ni en movimientos cíclicos, sino que todas sus conquistas son finales e irrevocables."

"Su lucha resulta así no ya una lucha por los derechos naturales de un particular sector de la sociedad, pues los derechos naturales no son más que la formulación ideal de la actitud burguesa frente a la santidad de la propiedad privada; los únicos derechos reales son los que confiere la historia, el derecho de desempeñar el papel históricamente impuesto a la clase a la que uno pertenece. En este sentido, la burguesía tiene plenos derechos a librar su batalla final contra las masas, pero su empeño está desahuciado de antemano: necesariamente ha de sucumbir, como en su hora fue derrotada la nobleza feudal. En cuanto a las masas, luchan por la libertad no porque así lo decidan, sino porque deben hacerlo o, más bien, así lo eligen porque deben hacerlo: luchar es la condición de su supervivencia; el futuro les pertenece y, al luchar por él, luchan, como toda clase en ascenso, contra un enemigo destinado a perecer y, por lo tanto, luchan por toda la humanidad. Pero al paso que todas las otras victorias llevaban al poder a una clase sentenciada a desaparecer al fin, a este conflicto no sucederá ningún otro, pues está destinado a acabar con la condición de todas esas luchas al abolir las clases como tales, al disolver el mismo estado, hasta entonces instrumento de una clase única, en una sociedad libre porque en ella no hay clases. Ha de hacerse comprender al proletariado que no es posible ninguna transacción verdadera con el enemigo, que, si bien puede concertar con éste alianzas temporales a fin de derrotar a un adversario común, en última instancia ha de volverse contra él."

Capítulo 7: Exilio en Londres: la primera fase

Tema 1/2 Marx abandona la idea del golpe de Estado liderado por los representantes del proletariado en aras de la revolución proletaria

"Los desastres de 1848 no conmovieron para nada las creencias teóricas de Marx, pero lo obligaron a revisar seriamente su programa político. En los años 1847-48 influyó tanto en él la propaganda de Weitling y Blanqui que comenzó a creer, contra su natural inclinación hegeliana, que podría realizarse una revolución coronada por el éxito mediante un golpe de estado llevado a cabo por un grupo reducido, pero resuelto, de revolucionarios adiestrados que, después de tomar el poder, podrían mantenerse en él, constituyendo ellos mismos el comité ejecutivo de las masas en cuyo nombre obraban. Este grupo funcionaría como punta de lanza del ataque proletario. Después de años de servidumbre y oscuridad, no podía esperarse que las grandes masas de la clase obrera estuvieran maduras para gobernarse a sí mismas o para dominar y destruir a las fuerzas a las que habían desplazado. Consecuentemente, había de constituirse un partido que funcionara como una élite política, intelectual y legislativa del pueblo, y que gozaría de la confianza de éste en virtud de su desinterés, su superior esclarecimiento y su percepción práctica de las necesidades de la situación inmediata, que, en fin, fuese capaz de guiar los titubeantes pasos del pueblo durante el primer período de su primera libertad. Denominó a este necesario interludio estado de revolución permanente; la conduciría la dictadura del proletariado, clase revolucionaria que prevalecería sobre el resto «como un necesario paso intermedio para llegar a la abolición de todas las distinciones de clases, a la abolición de todas las relaciones productivas existentes en que descansan tales distinciones, a la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a estas relaciones productivas y a la completa inversión de todas las ideas que derivan de semejantes relaciones sociales». Pero aquí, si bien el fin era claro, los medios para alcanzarlo eran relativamente vagos. La dictadura del proletariado dominaría el estado de «permanente revolución», pero ¿cómo había de cumplirse este estadio y qué forma iba a tomar? No hay duda de que hacia 1848 Marx pensó que lo produciría una élite que había de nombrarse a sí misma; ésta no trabajaría en secreto, como quería Blanqui, ni estaría encabezada por una única figura dictatorial, como ocasionalmente propuso Bakunin, sino que sería, como Babeuf, quizás, la concibió en 1796, un reducido grupo de individuos convencidos e implacables que ejercerían el poder dictatorial y educarían al proletariado hasta que éste alcanzara un nivel en que pudiera comprender su propia tarea.

Por ello Marx había propugnado en Colonia en 1848-49, una alianza temporal con los dirigentes de la burguesía radical. En este estadio, la pequeña burguesía que luchaba contra la presión de las clases que estaban inmediatamente por encima de ella, era la aliada natural de los trabajadores; pero como era incapaz de gobernar por su propia fuerza, cada vez dependería más del apoyo de los obreros hasta el momento en que los obreros, ya amos económicos de la situación, conquistaran las formas oficiales del poder político, ya por un golpe violento, ya por presión gradual. Esta doctrina (cuya más clara formulación se halla en el mensaje de Marx de 1850 a la Liga de los Comunistas) es bien conocida porque (revivida por el agitador ruso Parvus) en 1905 Trotski urgió su aplicación, la adoptó Lenin y, en 1917, ambos la pusieron en práctica en Rusia con la fidelidad más literal. Empero, el propio Marx la abandonó a la luz de los sucesos de 1848, por lo menos en la práctica, en ciertos aspectos vitales. Gradualmente fue descartando toda la concepción de la toma del poder por una élite, la que se le aparecía impotente para lograr algo frente a un ejército regular hostil y a un proletariado ignorante y falto de adiestramiento. Los dirigentes de los obreros no carecían de coraje ni de sentido práctico, pero de todos modos les hubiera resultado completamente imposible permanecer en el poder en 1848 contra las fuerzas combinadas de los realistas, el ejército y la alta clase media. A menos que el proletariado como conjunto adquiriera conciencia del papel histórico que le correspondía desempeñar, sus conductores serían impotentes. Podían provocar un alzamiento armado, pero no podrían retener los frutos de éste si no contaban con el arpoyo consciente e inteligente de la mayoría de la clase trabajadora. Consecuentemente, la lección vital que enseñaban los sucesos de 1848 era, según Marx, que el primer deber de un dirigente revolucionario consiste en sembrar entre las masas la conciencia de su destino y de su tarea. Éste es un proceso largo y laborioso, pero, a menos que se lleve a cabo, nada se logrará como no sea el derroche de energía revolucionaria en estallidos esporádicos dirigidos por aventureros o exaltados que, al no contar con una base real en la voluntad popular, han de ser inevitablemente derrotados, después de un breve período de triunfo, por las repuestas fuerzas de la reacción; a ello se agrega la brutal represión subsiguiente que paralizará al proletariado por muchos años. Por estos motivos se negó a apoyar, en vísperas de su estallido, la revolución que desembocó en la Comuna de París en 1871, si bien luego, y sobre todo por motivos tácticos, le dedicó un conmovedor y elocuente epitafio."

Tema 2/2 Marx abandona la alianza con la burguesía (como señala en el Manifiesto del Partido Comunsta) y opta por la pureza ideológica y táctica:

"De ahí su continua insistencia, en años posteriores, en conservar la pureza del partido, en mantenerlo lejos de todo enredo que pareciera una transacción. La política de expansión gradual y la lenta conquista del poder a través de reconocidas instituciones parlamentarias, acompañadas por una presión sistemática en escala internacional sobre los patronos por conducto de los sindicatos y organizaciones similares, como medio de asegurar mejores condiciones económicas para los trabajadores —y esto es lo que caracteriza la táctica de los partidos socialistas a fines del siglo XIX y principios del XX—, fue el producto legítimo de los análisis de Marx acerca de las causas de la catástrofe del año revolucionario de 1848.

Su principal objetivo —la creación de condiciones en las cuales fuera viable la dictadura del proletariado, «la revolución permanente»— no sufrió modificación alguna; la burguesía y todas sus instituciones estaban inevitablemente sentenciadas a la extinción. Acaso el proceso durara más de lo que había supuesto originariamente y, en tal caso, había de enseñarse al proletariado a ser paciente; sólo cuando la situación estuviera madura para una intervención, los dirigentes habían de llamar a la acción; entre tanto, debían dedicarse a reunir, organizar y disciplinar las fuerzas obreras de modo que éstas estuvieran prontas para cuando llegara la crisis decisiva. La historia ha ofrecido un comentario irónico sobre el particular: los caudillos de la revolución comunista rusa (país donde, sea dicho de paso, Marx no creía que su teoría fuera aplicable), al obrar de conformidad con la descartada opinión de 1850 y al encender la mecha cuando las masas populares no estaban evidentemente maduras para su tarea, por lo menos lograron prevenir las consecuencias de 1848 y 1871; en cambio, los alemanes ortodoxos y los socialdemócratas austríacos, fieles a la última doctrina de su maestro, obraron cautelosamente y gastaron sus energías educando a las masas para la misión que les esperaba, y fueron abatidos por la reorganizada clase reaccionaria, cuya fuerza debería haber socavado mucho antes, y fatalmente, la marcha de la historia y el constante trabajo de zapa por parte del proletariado."

"Berlin, Isaiah. Karl Marx: su vida y su entorno. Madrid, Alianza Editorial, 2007 [1939].