03 abril 2015

El hombre que amaba los perros

Empecé a leerla en diciembre de 2014 y la terminé en enero 2015. Novela política, histórica, sumamente interesante.

"El joven había sido uno de los dos militantes del partido social-revolucionario que habían atentado contra el embajador alemán en Moscú, con la intención de boicotear la polémica paz con Alemania que los bolcheviques habían firmado en Brest-Litovsk, a principios de 1918. La víspera del juicio, después de leer unos poemas escritos por el joven, Liev Davídovich había pedido reunirse con él. Aquella noche hablaron durante horas sobre poesía rusa y francesa (coincidieron en su admiración por Baudelaire) y sobre la irracionalidad de los métodos terroristas (si con una bomba se resuelve todo, ¿para qué sirven los partidos, para qué la lucha de clases?), al cabo de las cuales Blumkin había escrito una carta en donde se arrepentía de su acción y prometía, si era perdonado, servir a la revolución en el frente que se le designara." (p. 80)


"[…] tenía varios libros de cuentos [de Raymond Chandler], entre ellos el que leía esa tarde, titulado Asesino en la lluvia. La edición era de Bruguera, impresa en 1975, y, junto al relato que le servía de título, recogía otros cuatro, incluido uno llamado «El hombre que amaba a los perros»" (p. 93)

"[…] (Tenía en mi casa, entre varios recién conseguidos y pendientes de lectura, El largo adiós, la que sería mi preferida entre las novelas del propio Chandler; Corre, Conejo, de Updike; y Conversación en la Catedral, del ya excomulgado Vargas Llosa, esa novela que unas semanas después me pondría a convulsionar de pura envidia.)" (p. 93)

"Mientras se celebraba el proceso contra los dieciséis reos, en cada ocasión que escuchaba la voz iracunda del fiscal Vishinsky, que, en su papel de indignada conciencia del pueblo soviético, pedía al tribunal el fusilamiento de los perros rabiosos llevados a juicio, Liev Davídovich recordaba aquellos tiempos heroicos en que Lenin y él habían entregado a Félix Dzerzhinski las riendas de una maquinaria de represión revolucionaria para que aplicara sin ley y sin cuartel un Terror Rojo capaz de salvar, a sangre y fuego, una balbuciente revolución que apenas se sostenía en pie. El terror de la Cheka de Dzerzhinski fue el brazo oscuro de la Revolución, impío como debía, como tenía que ser, se diría, y aniquiló por centenares y miles a los enemigos del pueblo, a los perdedores de la lucha de clases que se negaban a ver la desaparición de su forma de vida y su cultura de la injusticia. Ellos, los vencedores, habían administrado sin piedad la derrota de sus adversarios, y el Partido tuvo que funcionar como el instrumento de la Historia y de su inevitable venganza masiva, aunque impersonal. Había sido una violencia despiadada, seguramente excesiva, pero necesaria: la de la clase vencedora sobre la vencida, la disyuntiva del «nosotros o ellos»... Pero los hombres a los que Stalin había decidido matar en aquel tétrico mes de agosto de 1936 eran comunistas, compañeros de lucha, y ante aquella filiación siempre se había detenido, respetuosa del último límite, la maquinaria de la violencia conducida por Lenin y por Liev Davídovich. El terror estalinista, perfeccionado en sus persecuciones previas (campesinos, religiosos, la intelligentzia del país) parecía ahora a punto de traspasar un coto inviolable." (p. 208 - 209)


Es muy probable que Trotski haya pensado así como forma de darle a sus asesinatos el límite humano; es decir, jamás contra los comunistas y, por ende, jamás podría compararse las persecuciones que él realizó contra las que efectuaba Stalin. ¡Por favor!

Padura, Leonardo. El hombre que amaba los perros. Tusquets Editores, S,A, Buenos Aires, 2011 (p. 765)

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